Eructo de sangre en la memoria histórica del mundo árabe

Al cumplirse ocho años del inicio de la guerra civil en Siria – que ha sido en Siria – quicio de toda suerte de aportaciones trasfronterizas, desde rusos y con americanos y terrorismo islámico multinacional, sobrevienen cambios en Argelia y Sudán que arrastran respectivamente, veinte años de Poder de omnímodo de un Buteflika y de Al Bashir, con parejo y absoluto poder personal desde Jartum. Una y otra solución de continuidad, sobrevenidas al calor de unas masas nacionales  motorizadas por una expectativa de libertades y toda suerte de cambios.

Este segundo despertar árabe a la ilusión de las libertades individuales y a los sueños de la felicidad colectiva, se dispara nuevamente dentro de un contexto global resultante tanto del cambio geopolítico propiciado por el giro general de expectativas alentadas por la actual Casa Blanca y, quizás principalmente, por el impacto de los medios de comunicación derivado en importante medida de la propia inercia que genera el cambio de horizonte aportado por la presidencia de Donald Trump dentro de la política en el Oriente Próximo, en lo que concierne a las relaciones con Israel y en lo que respecta, al Golfo Pérsico, desde la tensión con Irán y sus renovados compromisos con Arabia Saudí.

Dentro de esa panorámica, la aparente reedición de la “primavera  Árabe”, que acabó con el régimen egipcio de Mubarak, el régimen líbico de Gadafi y arrastró a la tragedia nacional siria, no deja de insinuar el riesgo de hipótesis inquietantes, mientras la tragedia continúa aún por el sur de la Península Arábiga. En la desangrada Yemen.