Europa, ante el enigma de la interlocución China

La UE, poco menos que dentro de una marejada de incógnitas, se ha venido a lidiar, por modo sucesivo, con la cuestión del Brexit y con la lidia, por segunda vez, de la enigmática esfinge del interlocutor pequinés, con más vueltas que la cáscara del caracol, teniendo como preludio intermedio la apuesta itálica por la Ruta de la Seda, en una casi literaria evocación de los ecos de Marco Polo, con sus ecos de bronces y suavidades de sedas; pero que, en todo caso, no fue del agrado de la UE.

En término de precedentes de superior representación de las autoridades de Pekín por Bruselas, no ha sido de mayor agrado el recuerdo en la Unión Europea sobre lo que dio de sí la primera Cumbre entre las dos entidades, habida cuenta lo que aportó lo acordado por parte de los no europeos. Aquello supuso tanto como quiebra de una cultura diplomática en pactos internacionales. Una quiebra precedida por otros poderes mundiales, como fue la de Donald Trump, al denunciar Acuerdos como el el París, sobre el Clima, y el de Ginebra, con Irán, sobre armas nucleares.

Esos dos formidables quebrantos de la ética internacional, poco menos que catastróficos, han alterado, en acto y en potencia, las pautas por las que se orientan las relacione internacionales y es en tal contexto en el que se debe encajar el compromiso euro-chino para garantizar una cooperación equitativa y mutuamente beneficiosa, tanto en el comercio como en las inversiones bilaterales. Se reitera la disposición mutua para la cooperación económica y a brindarse recíprocamente el acceso no discriminatorio a mercados más amplios.

Los precedentes, sin embargo, proyectan una sombra de escepticismo y recelo cuyo remedio demanda el paso del tiempo, como inesquivable condición para que el reciproco conocimiento permita germinar la mutua confianza. Tanto mejor prospera ésta cuanto más son las pruebas que se aportan. El test del Brexit lo certifica por Bruselas en estas horas.