Trump, el incómodo aliado de Europa

La visita a la Casa Blanca del ministro de español de Asuntos Exteriores, José Borrell, precedida por un encuentro con Pompeo, secretario de Estado, más que por el contexto ambiental de cordialidad propio entre representantes de Gobiernos aliados, o por lo menos, de sintonía entre los respectivos puntos de vista, ha tenido como fondo una distancia crítica en todo lo referente a la paridad de las respectivas contribuciones y esfuerzos al servicio de los fines compartidos en el plano de su acuerdo. En este caso, el de la Alianza Atlántica.

No es lo común que el carácter de quien representa una de las partes, la estadounidense, comporte disensos que no se corresponden con los criterios de proporcionalidad medidos en criterios de igualdad objetiva de sacrificios aportados al servicio de los fines compartidos. Así, los gastos generados por el sostenimiento de los menesteres de la OTAN. El mismo compartido fin no se traduce en igualdad de costes, pues éstos varían conforme las latitudes específicas de cada cual de la Alianza. Y como las correspondientes latitudes de cada miembro determinan los costes de cada cual, lo mismo que la singularidad geográfica de los espacios y las misiones, no cabe decir, como el presidente Trump sostiene, que la carga económica norteamericana de la OTAN es injustamente mayor que la soportada por los aliados.

La “incomodidad” de Donald Trump como aliado va más allá del caso de la OTAN. Se extiende a los Gobiernos que compartieron con Estados Unidos Acuerdos tan importantes como el de París sobre el Clima y el de Ginebra con Irán sobre Armas Nucleares. Más que solo incómodo, el huésped cursante de la Casa Blanca es un mal compañero de viaje. La estructura moral pesa más que la contextura intelectual y la estructura económica.