Francia, crisis por la crisis de los chalecos verdes

Tal como la alegoría del cántaro con sus redoblados viajes a la fuente: acaba por romperse. Tantos viajes de la violencia de los Chalecos Verdes contra los espacios más emblemáticos de París con las liturgias todas de la barbarie para los símbolos públicos monumentales y contra bienes privados de la más diversa naturaleza y condición; cotas tan reiteradas de orgiástica desmesura como las habidas en los fines de semana de este último ciclo del desafío a la normalidad de la paz y al respeto para los hitos monumentales de la capital de la nación francesa.

A la índole de los daños en los bienes públicos y privados la precisión, proporción y ejemplaridad del remedio que se ha decidido aplicar: el uso disuasorio de la fuerza militar, el despliegue de los soldados. Algo que, como no podía ser de otro modo, ha implicado ribetes de escándalo. Pero bueno, lo primero es lo primero, y a ello corresponde la noción de límite y el principio de autoridad.

La crisis de los Chalecos Verdes no podía perpetuarse al cabo de su ya insostenible reiteración. Cierto es que los soldados están para la guerra, pero hay guerras de muchas clases, porque son muchos y muy diversos los valores necesitados de oportunas defensas. Tampoco hay libertades viables sin el correspondiente orden que las contenga defendiéndolas.