Cubanos: La vertebración del Ejército de Maduro

Mientras la monstruosa magnitud del terrorismo racista en Nueva Zelanda acapara la atención informativa internacional del día, conforme la ley de proporcionalidad estribada en la magnitud del balance de víctimas y en el parangón que pueda establecerse con la escala de muerte -estadísticamente consolidada en la cuenta global del terrorismo islámico, desde los atentados del 11-M norteamericano en adelante, junto a los estragos terroristas del Estado Islámico en el Proximo y Medio Oriente, además de las cuotas de goteo acumuladas en sus episodios por Europa -; en tanto la brutalidad del suceso habido en esa tierra del Pacífico Sur, desvía hacia ello la atención merecida por otras prácticas de criminalidad directamente política, como es la del bloqueo militar del acceso a la Venezuela arruinada y desabastecida por la dictadura de Nicolás Maduro, de los socorros en alimentos y medicinas necesitados por la población. Socorros que enviados por Estados Unidos y otras naciones se agolpan en una diversidad de pasos fronterizos por Colombia, Brasil y otros accesos, por tierra y mar.

Tales prácticas de bloqueo no merecen otra denominación que la de terrorismo, de Estado. Algo que no sería practicable sin el concurso sistémico del poder militar, indispensable para sostener la estructura policial y el menester coadyuvante de las milicias. Un concurso, de otro punto impensable sin la actuación vertebrada de las élites militares aportadas por el castrismo cubano. Una remunerada tarea de muchos años, con la que Nicolás Maduro dispone como una suerte de “guardia de hierro”, que le permite poco menos que silbar mientras Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, programa cambios y marca horizontes a corto y medio plazo, mientras Maduro fuma puros por Estambul y por cualquier otra parte. Con su cubana guardia de hierro, la cúpula militar venezolana permanece quieta y disciplinada.