Atipicidades en colisión

Me refiero a ese parte singularidades críticas que expresan y representan, en rasgos detonantes, los protagonistas de esta otra singular cumbre política de Hanoi - lo mismo que también lo fue la de Singapur-, mantenidas ambas entre dos personajes, que representan, respectivamente, en lo individual, lo ideológico y lo político, una de las antítesis más radicales que quepa encontrar en la muy vasta y compleja jungla de la política de las naciones. En lo familiar, sin embargo, uno y otro, Donald Trump, Presidente de los EE.UU. es hijo del creador de un imperio económico, mientras que el otro Kim Yong-un es el tercer eslabón, el nieto, dentro del orden sucesorio en una casta dinástica en la prolífica variedad totalitaria de encarnaciones del poder como sistema, dentro del marxismo-leninismomarxismo-leninismo, en el orbe asiático.

Quizá nunca fue posible evitar, desde tales premisas, un choque como el desacuerdo, sobrevenido tan abruptamente en el encuentro de Hanoi. Kim, cayéndose del régimen sintónico, casi de patente y desbordada cordialidad, ha pretendido que Trump aceptara como buena y proporcionada solo una parte frente al rango del consentimiento y exigencias norteamericanos en términos de renuncia norcoreanos a sus enteras capacidades como potencia nuclear.

La sobrevenida incapacidad para evitar que la Cumbre de Hanoi se viniera a pique, ha sido imprevisto y lógico efecto de la incapacidad de los interlocutores para desenvolverse fuera de la distonía ontológica, esencial, derivada de la singular y antagónica condición de los mismos.