Aparente cubanización formal de la dictadura venezolana

Aparte de los contenidos y procedimientos totalitarios de la praxis política en que ha resuelto Nicolás Maduro su quehacer cotidiano, desde el golpe de Estado en que consistió su incumplimiento de la obligación constitucional de convocar Referéndum Revocatorio de sus competencias presidenciales, por la magnitud de la derrota electoral sufrida en las últimas elecciones libres habidas en el régimen chavista venezolano, y luego de crear una asamblea nueva – de carácter constituyente – para legislar a la medida de sus propósitos y designios. De ahí en adelante se operó un endurecimiento de la gestión del poder, bien que enmascarado en un fantasmagórico carrusel de diálogos entre el Gobierno y la Oposición, orquestados con la mistérica batuta de José Luís Rodríguez Zapatero.

La eficacia del masaje verbal duró el tiempo transcurrido entre los abusos gubernamentales, reiterados mientras tanto y la consiguiente impaciencia paralela y consecuente al desencanto de los opositores. En ese contexto sobreviene la aparición en escena de Guaidó, en el que se reencarna la Asamblea Nacional que Maduro había borrado bajo el manto fantasmal de la Asamblea Constituyente. Guaidó significa tanto como la fractura del status quo que Nicolás Maduro se había creado, para sí y para los suyos.

En ese cuadro y en tanto la escena se nutre de inquietantes novedades entre dos polos: de un punto “los 5.000 soldados del asesor de Trump; de otro, la llegada a Maiquetía de un gran transporte ruso con 400 hombres de de combate. Son trazos de un cuadro de la Guerra Fría. Pero eso que en la cabecera de esta nota se dice la “cubanización” vendría del rigor neosoviético, casi estaliniano, del que está haciendo Maduro en su ética y en su estética, con la represión en plomo contra manifestantes y la detención de informantes. A Maduro, en su etapa ¿final? le sale a borbotones lo aprendido en los “Talleres revolucionarios de La Habana”.