Mimestismo desde y para la discordia

Desde la simbología biliar de lo amarillo que presidió y aún sostiene la protesta social en Francia, contra la causa y el signo del presidente Macron, ha llegado en España la revuelta de los taxistas, por Barcelona y Madrid, contra la normativa que regula la concurrencia con ellos de un posterior servicio de transporte individual que dio al traste con el previo monopolio de hecho, y conforme a derecho, que los taxistas dispusieron en su favor.

Esta rebelión del mundo del taxímetro al sur de los Pirineos parece haber desbordado desde el primer momento límites y cauces que a Francia no llegaron hasta bien adentrado el conflicto. Aquí, sin embargo, tras de los excesos habidos en Barcelona, ponían sitio frente a la sede de Fitur, que es la ocasión mayor, como infraestructura internacional del principal activo del que dispone la economía española. Y ello sin contar con el daño causado por la huelga a las dos principales ciudades españolas.

Pero lo relevante de este símbolo de contagio no estriba en el contenido del mismo, el de la causa social respectiva, al Norte y al Sur pirenaico sino el contagio mismo. Se trata de algo que trasciende a los motivos respectivos. Es el amarillo, la clave social de la protesta. Aliento de un populismo polivalente. Rastro, como reza el título de esta nota, de un mimetismo desde y para la discordia. Traducción ruidosa de la misma inestabilidad que sacude la Europa de ahora mismo.