En el aniversario de la Constitución, el separatismo se arremanga

En la lógica de las sinrazones en que yacen los separatismos españoles, el aniversario de nuestra Carta Magna se cruza en los desafíos contra ella; muy principalmente, el secesionista del catalanismo: aborto natural del más grave de los desvíos identitarios, fraguados en la revuelta crónica del pasado español. Y cabe afirmar tal cosa por el efecto multiplicador de su disidencia en la génesis de otros desvíos regionales de la misma cadena del disenso particularista, con el enganche de Sabino Arana en adelante por la mano de los vizcaitarras y sus necrosis terroristas, por caminos de vuelta, expresados en el tiempo de Terra Lliure y de la propia ETA.

Recordado cuanto ocurrió luego, conviene en este sonoro tranco de la Constitución tanto la deriva terrorista de aquel separatismo de ETA, como la función antidemocrática realizada por sus agentes, contra la reconstrucción democrática de la convivencia política en España, lograda por el concurso de la Transición. Pero también zarandeada con retrocesos tan significativo como el de la Ley de la Memoria Histórica, centrada en la remoción de las heridas cicatrizadas con los esfuerzos y la inteligencia nacionales del afortunado compás de la Transición misma.

Esta fecha lleva también a recordar, frente al regreso a errores que sembraron los rebrotes nacionalistas de ahora, aquel sonadísimo fallo que fue, durante la Transición, ceder a las Autonomías las competencias Nacionales desde la Administración Central del Estado. De no haberse transferido entonces aquellos cometidos, los separatismos no se habrían arremangado ahora, porque no habrían nacido ni hoy tampoco resucitado.