Gibraltar: compensación hispano-británica

La renta más alta y el beneficio mayor de la entrada de España en el Tratado de Roma del que surgieron por modo sucesivo sucesivo el Mercado Común y la Unión Europea. Y para el el Reino Unido de la Gran Bretaña, quizá, el mayor empobrecimiento mayor y el coste más alto de su abandono de la Unión Europea, por causa de la rectificación del destino previamente asumido con el Mercado Común, diseñado en el Tratado de Roma luego de la tragedia de la II Guerra Mundial. Una cosa y la otra, en sus correspondientes derivas, se concitaban este fin de semana para un desenlace en el que la Unión Europea celebraría un Plenario concebido para votar la aprobación del Brexit del Reino Unido, de su ruptura, siempre que mediara la unánime aprobación de los Estados miembros.

De lo que sigue, como de lo que precede, tiene noticia el lector, lo que no obsta a la pertinencia de algún subrayado retrospectivo. Primero de todos, que cediendo el Reino Unido en Gibraltar, al transferirle a España en componentes de soberanía sobre el Peñón, pierde sustancialmente más de lo casi infinito que España gana o recupera al cabo de tres siglos de secuestro de un peñasco de propia integridad territorial.

La inmensa alegría de este desenlace, híbrido de renuncias, aciertos y esperanzas indeclinadas, es, al cabo, balance que reconforta y alegra de forma muy cumplida.