Tecnología de la barbarie

Todo junto se cuenta, en desbordante dimensión de impacto, de la desaparición del colega saudí Yamal Khashoggui; un suceso en el que se concitaron los vértices posibles de la crueldad. Y los imposibles, del ahora cursante y del ayer aferrado a la memoria de la especie humana parecen clamar el reconocimiento de que jamás se lograron cumbres de horror como las coronadas por quienes engañaron, apresaron y partieron  como a una res en el matadero, al escritor de periódicos. Sin haberle dispensado antes el fuero y el consuelo de la muerte.

Aunque por encima de todo eso pudiera establecerse, como respuesta frente a tal despropósito punitivo por desacuerdos y deslealtades, un rango de réplicas condenatorias, igual en la política que en el periodismo, capaz de enconarse por niveles superiores aunque los logrados por los masacradores de Yamal Khashoggui.

Lo tan brutalmente ejecutado, cabe entenderlo como un daño que con ser tan terrible pudiera no alcanzar, proporcionalmente, la dimensión y escala de este brutal suceso. Y cuando digo esto me refiero no sólo al impacto puntual en el régimen custodio de los Lugares Sacros del Islam y en los equilibrios críticos en el Golfo del Petróleo. Cuestión ésta de obligada referencia respecto del precio del crudo en el marco de crisis que se alza sobre el horizonte económico mundial.

Desde criterios de elemental prudencia, especialmente desde la óptica norteamericana, que enmarcó el trabajo de Yamal Khashoggui, en el Washington Post, poco resulta más deseable que el debate político en el que se engendró tan terrible episodio se reduzca a términos asumibles para la paz del mundo. Cualquier cosa menos tecnologías de la barbarie como la habida en un consulado saudí por Turquía.