China busca resucitar la ruta de la seda

En contraste con el enanismo fraccionador en que se resuelven tantos procesos políticos en nuestro mundo de Occidente, comenzando por nuestros queridos fragmentos regionales de Cataluña y las Vascongadas, con sus estadios respectivos de infección perversamente rompedora de su genio creador, sobrevienen hechos tan poco sólitos y sorprendentes como esa aventura del régimen de Pekín y su actual presidente que, emulando cosas que hicieron ciertos de sus emperadores en sus tiempos respectivos, montaban expediciones navales de gran formato para, navegando hacia el sur y trasponiendo los Estrechos Orientales, alcanzar las costas de África y conocer un mundo ajeno y diferente, que les permitiera cobrar perspectiva sobre el suyo propio.

El turno de ahora mismo, además de añadir a su expansión económica y militar por las dichas rutas de antaño, incluye propósitos por tierra firme apoyados en su inmenso pulmón económico por las huellas mismas de la Ruta de la Seda, trenzada en la Historia de los Magos de Oriente, que enlazaban por los aledaños del Estrecho de Ormuz los flujos de la Seda china, el Oro que subía por la costa de África para encontrarse con el Incienso y la Mirra de los riscos de Omán. Y todo, desde allí, para ser llevado Golfo arriba, o por el Desierto Arábigo, a la costa mediterránea.

Justo por ahí fluirán los 20.000 millones de dólares que el Imperio chino tiene previsto invertir en los Estados árabes de la región para contribuir a la consolidación de una vertebrada estructura económica y política y económica que riegue el flujo del petróleo precisado por la economía china. Va de suyo la consideración de que este planteamiento pequinés sobre la “resurrección” de la Ruta de la Seda, es inseparable de la muy potente realidad de las inversiones pekinesas en el Continente africano iniciadas en tiempos de Chu En Lai.