Nacionalismos, el crujir que no cesa

Mientras el PNV, extrapolando sin más las rentas de su última jugada con la candidez de Pedro Sánchez, da por hecho que en 2020 conseguirá su Estatuto Soberanista, su vía bastante para la independencia, y en el soberanismo catalanista se mantiene la tabarra tramposa de la “judicialización de la vida política”, por el encarcelamiento de quienes delinquen contra la democracia española, y por la fuga de aquellos otros infractores del orden constitucional que logran escapar de la Justicia, salta a la actualidad el reproche de Quim Torra, el presidente delegado de Carlos Puigdemont, al partido que abrió las puertas a la ”normalidad” de su propio diálogo con La Moncloa, con la lindeza de que colaboró con el Partido Popular para que el Senado aprobara la activación del Artículo 155 de la Carta Magna, ignorante, una vez más, de que ese precepto fue, en su día, materia del consenso que hizo posible la Transición de España a la normalidad democrática.

Pero acaso lo que más se habría de destacar en estas horas es lo ya señalado al principio de esta nota; la conjunción del nacionalismo vasco y catalán, tanto en sí mismos como las derivas en metástasis de este último dentro de Valencia y en Baleares. José Antonio Escudero ha reiterado la denuncia de que “los nacionalistas han traicionado el Pacto de la Transición”. La actualidad ha volcado la evidencia brutal del error gravísimo cometido con la cesión a las Autonomías de las competencias de la Educación, puesto que ha sido ello, la renuncia de la Enseñanza por parte del Estado, la levadura de los pujantes separatismos de ahora.