Tras de Cataluña, Vascongadas

No sólo en el fondo, también en la forma, la subversión separatista en el enunciado nacionalista es, estadísticamente, verificable en la cuenta de las prácticas habidas contra el orden político establecido por la Constitución de 1978. Se trata de una realidad que no pertenece sólo al pasado sino que opera como un flujo configurador del presente más grávido de continuidades y ambiciones de futuro.

Junto a estas casi obviedades en ritmos y tiempos, hay que añadir las cuentas, modos y maneras que concurren en estas actuaciones de los partidos nacionalistas, especialmente en lo concerniente a sus dinámicas de colaboración ínterpartidaria. Afines en la condición concurrente de sus propósitos, no reducen esta realidad a un dato de conciencia ideológica compartida: lo traducen en praxis de colaboración partidaria, concurrente y también solidaria.

La más fehaciente prueba de que lo señalado hasta el presente punto es lo sucedido el pasado fin de semana en las Vascongadas, desde Vizcaya a Guipúzcoa, derramándose hasta la Navarra de sus insistidas pretensiones políticas territoriales. Y para que nada faltara en el trazo total del separatismo decididamente antiespañol, la dicha manifestación de los nacionalistas vascos se ha visto asistida, acompañada, de muy conspicuos representantes del separatismo catalán. Traficante alguno de ellos en sabidas prácticas deshonrosas en los quehaceres nacionales.

Son metástasis confluyentes de los separatismos vasco y catalán, en común aprovechamiento, para su actuación rupturista, del eco y el estiércol  del terrorismo etarra. Se ha producido la conjunción de los dos procesos separatistas que padece España. Y en este preciso enclave histórico, la fuerza ordenadora que corresponde al Gobierno de la Nación se encuentra bloqueada por una formula de poder en la que partidos nacionalistas impiden que Pedro Sánchez, al que sostienen con sus votos, actúe como correspondería.