Sánchez, ¿por la quiebra de la unidad de España?

Aquella indescifrable definición de España como “nación de naciones” parece oficiar de brújula para la propuesta de la ministra Batet, como prólogo de la entrevista con fecha aún sin fijar, del titular del Gobierno y el de la Generalidad, Quim Torra, cuando Batet ha planteado como necesidad urgente la reforma de la Constitución, a la vista de las posiciones siempre expuestas desde el primer momento por el sucesor de Carles Puigdemont, a título de heredero universal de todas sus fijaciones separatistas y discurso antiespañol.

Poco es lo que ha tardado en evidenciarse la gravedad de las carencias de que adolece Pedro Sánchez para llevar el timón de la Moncloa en circunstancias como las que ahora cursan contra la unidad de España. Una coyuntura crítica que define, aparentemente al menos, un síndrome partidista de concitación de los nacionalismos contra el equilibrio mismo del Estado Autonómico. Si la defección del nacionalismo vasco de su pacto con el Gobierno de Mariano Rajoy sobre los Presupuestos hizo posible el asalto de Pedro Sánchez al Gobierno de España, sin tener tras de sí victoria electoral alguna, esa misma deslealtad del PNV endosa y acrecienta la determinación energuménica y fascistoide de Torra, al que ahora no han faltado alientos desde Bilbao.

La sintonización objetiva entre los dos nacionalismos desembocó en la más propicia de las tesituras para que las minorías todas, de la izquierda clásica con los populismos de ahora, y los plurales nacionalismos, se concitaran y abriesen la brecha aritmética de oportunidad por la que Pedro Sánchez entró en la Moncloa.

Llegado después el reparto de las opciones los coligados le han impuesto a Sánchez que Batet  planteara la necesidad de cambiar la Constitución para la revancha, abriera la puerta a los separatismos catalán y vasco, de derecha y de izquierda. Incluido el etarrismo, supuestamente muerto.