Pompeo, el apellido de la nueva diplomacia norteamericana

Cabría pensar que la tremenda decisión de mudar la Embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén (tremenda por la orgía de sangre en que se resolvió la protesta de los palestinos) ha sido el gesto fundacional de la nueva diplomacia de Estados Unidos. Tal el gesto, aunque en la realidad práctica puede también entenderse que había cosas previas del todo concertantes con el sentido último del traslado de sede.

A la misma óptica política correspondería esta defección Trumpiana del Acuerdo Internacional del mes de Julio de 20015 en cuya virtud Irán desmontó su ya avanzado programa de alcanzar la condición de actor Nuclear en la esgrima de la dialéctica armamentista internacional. La clave de la cuestión residiría en la nueva pretensión estadounidense de que la República Islámica haga con los misiles balísticos lo propio que hizo con los explosivos que los misiles balísticos portarían en sus cabezas.

La lectura pompeana de la cohetería persa presenta unidad de sentido entre ambos temas, es decir, las bombas y los cohetes que habrían de llevarlos a los puntos de destino; que correspondiera puntualmente al soporte geofísico del Estado de Israel. Tal era y sigue siendo la óptica de la CIA comandada entonces y resuelta ahora en vértice del Departamento de Estado.

Lo que no cabe en las cuentas de la nueva geopolítica de Washington es resultante histórica de la conversión iraní del protectorado angloamericano que fue la Persia de los Pahlevi en la República Islámica de Irán que es ahora, junto a sus satélites en Siria y en parte Irak, de Líbano y de Yemen; formando en su conjunto y entorno, un círculo de espinas en forma de Misiles. De ahí la segunda y culminante exigencia con la que apremia Trump a Teherán para que entregue también la cohetería con la que circunda a Israel.