La blasfemia trumpiana por Jerusalén

No se sabe bien  quien perdió más la razón en el lunes de sangre habido en Jerusalén a manos del Ejército israelí, que ejerció como fuerza de represión de multitudes como las que actúan en el mundo americano a las órdenes del despotismo comunistizante; no se sabe, digo, si la decisión del Gobierno de Benjamin Netanyahu, o la diplomacia de Donald Trump, que había establecido previamente al sionismo las bases para la masacre. Al entregarle la entera política de Occidente en Oriente  Próximo y Medio. Casi seis decenas de muertes y dos millares de heridos es el necrobalance del traslado a la Ciudad Santa de la Embajada de Estados Unidos desde Tel Aviv, dónde siempre estuvo desde que abrió sus puertas.

El suceso es aun más grave que la mortandad en que se ha resuelto el despropósito trumpiano, susceptible de entenderse como traición al pacto estadounidense con Europa, suscrito en compartida sangre durante la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos ha iniciado el levantamiento de anclas de la solidaridad entonces establecida. Cabe incluso decir que lo hecho equivale, en forzosa similitud, poco menos que equivale a la fractura de la Alianza Atlántica…

Colofón de los signos del cambio de sede de Tel Aviv a Jerusalén de la Embajada estadounidense en el Estado de Israel, ha sido el veto a la sovietica de la Resolución de Naciones Unidas sobre la matanza militar de palestinos en las tres veces Santa Ciudad. Este pornófilo residente en la Casa  Blanca de Washington, se ha ganado un puesto en la Historia no ciertamente de honor.