Las carencias de Donald Trump con la libertad

Acaba el presidente Trump de vanagloriarse de la inducida extinción de la cena con los corresponsales de Prensa en la Casa Blanca, evento anual de sostenida tradición mediante la cual el periodismo que cubría -diríase que institucionalmente – la información propia de la Casa Blanca, como sede del Poder Ejecutivo en la primera democracia del mundo occidental. Como liturgia de superior transparencia y respetuosa cordialidad entre el vértice del poder político y el ancho horizonte del poder social, expresado en los inherentes términos de la  pluralidad en la opinión y los criterios.

Cabe entender que esta pata de banco en que ha incurrido con el mundo periodístico el presidente de Estados Unidos, puede estar ocasionada por la euforia resultante de su exitosa presión sobre el régimen norcoreano  para que se aviniera, de un vez, a desmontar su tinglado de pruebas nucleares y lanzamientos misilísticos por las verticales de sus vecinos asiáticos. Incluida en esa crispación de vanidad y omnipotencia, el propio acierto por haber asignado a Pompeo, actual secretario de Estado y antes Director de la CIA, la tarea de viajar a Pyongyang para que se entrevistara a Kim Yong-Un y le llevara a la idea de que pasaría con más gloria a la Historia si le daba de comer a su pueblo y firmando la paz con el vecino del otro lado del Paralelo 38 que cargando la escopeta nuclear.