Metástasis etarra del separatismo catalán

Parece como si el episodio de Otegui quejándose de que “en Madrid se le insulta”, -contrariamente a como, en Barcelona, los independentistas se le acercan y le piden un selfie– es decir, que se fotografíe con ellos – los conspicuos del nacionalismo vasco, vista la insistencia pertinaz de ir contra la unidad nacional española en Cataluña, insisten en regresar hacia lo mismo.  En un arranque de cursilería semántica, los “jelkides” se suman a la ola separatista en Cataluña. De una parte, planteando la independencia “de facto”, mediante manifiesto contra cada uno de los preceptos de la Carta Magna en defensa de nuestra unidad nacional. De otra, con la iniciativa de adoptar, entre conspicuos y adheridos, para las solapas de todos, el lazo amarillo, con el que desde el catalanismo separatista de fractura se demanda la libertad de los supuestos “presos políticos” enchiquerados por los sucesos ligados a la subversión del 1 de Octubre.

Conviene, antes de seguir adelante por entre las trochas abiertas desde la aberración histórica de los separatismos, insistir en el distingo entre lo que son políticos presos por las causas que sean, y los presos propiamente políticos, por actos y conductas, de política naturaleza, penados por la ley.

El llamado “problema catalán” se desvela -una vez más- como parte de un mismo desistimiento de la Historia colectiva, en el sentido de que el separatismo, problema de gestación paralela contra la verdad de nuestra historia nacional. Está claro que los herederos de Sabino Arana han visto abrirse de rebote, con la crónica actual del secesionismo catalán, un turno de oportunidad para su propia ambición. Ahora, el lacito amarillo en la solapa, como grito de solidaridad para conmilitones, encarcelados por delinquir contra los límites constitucionales de la democracia española, puede servir también para el separatismo vascongado, en la medida que se aplicaría a los reclusos del terrorismo etarra, que en su hermenéutica de imagen falsa pasan también por “presos políticos”.

Desde este ciclo de reacción vascongada en el actual partido dominante más allá del Puerto de Orduña, parece establecerse la necesidad de revisar la óptica de complacencia con que al sur de ese mismo puerto, desde el actual Gobierno, pareció entender que el tiempo de Urkullu, en el PNV, era cosa distinta de lo que había sido anteriormente a la hora de considerar el problema.

La cosa es más grave de lo que en principio pudiera parecer. Más grave y más compleja. Afecta a la propia base de la sostenibilidad parlamentaria del actual Gobierno.