Los delirios del “Procés”, de bruces contra el Estado

Los manifestantes pusieron en jaque al Parlament y la turba separatista se estampó contra la Ley. Y así, Carles Puigdemont, en un reflejo de consciencia, rendía culto a la realidad de las cosas con la solemne proclamación de que “esto se ha terminado”. Ha concluido todo cuanto empecía al orden custodiado por el Artículo 155 de la Constitución española de 1978. Algo así como la coraza capaz de salvar los embates de los errores cometidos, durante la Transición, al transferir a las Autonomías competencias – poco menos que sin techo – en materia de política de Enseñanza. De tal modo y subsiguiente manera que aquello permitió y alentó que la nueva política de libertades se convirtiera poco menos que en explosión nuclear de la disidencia global sobre los fundamentos y anclajes históricos del ser nacional como unitaria y compartida referencia en el espacio y en el tiempo.

En el plano de las opciones políticas que enriquecen las libertades del Estado Autonómico queda un vasto patrimonio de opciones españolas que son rigurosamente ajenas, esencialmente distintas, de ese conjunto de cosas que circulaban en el tren cuyo viaje, según Puigdemont, “ha terminado”. A ese conjunto corresponde la materia señalada por la vicepresidenta Santamaría cuando ha instado a la Autoridad de Roger Torrent a la apertura de otra ronda para la investidura de un nuevo Presidente de la Generalidad de Cataluña.

Cabe a estas horas decir que lo que había que depurar, depurado está.