Caótico compás de espera tras la suspensión del pleno

El aplazamiento del Pleno parlamentario previsto sobre el papel para proclamar a Carles Puigdemont Presidente de la Generalidad, ha tenido un doble efecto sobre el panorama político de Cataluña. De un punto, ocasiona la fractura de la trama que componen las fuerzas independentistas; de otro, abisma la indefinición, en el medio y el largo plazo, de cómo sea la alternativa que espera la marcha de los acontecimientos, dado el nivel de complejidad en que se viene trabando el proceso evolutivo de la Autonomía catalana.

El espesor de los sucesos en que fluye el devenir de la actualidad, lleva a especulaciones muy diversas entre sí sobre las variables en que se resuelvan los márgenes de indeterminación enmarcados en las cábalas de los analistas, las impaciencias de los actores y las porfías de los que no renuncian a la ecuanimidad.

Ocurre también que, en el medio de la marejada cursante, se levantan, por dónde es fácil localizar, enfoques centrados en la perdurabilidad y vigencia del Artículo 155 de la vigente Constitución de 1978, que es la palanca jurídica en funciones históricas de cambio de agujas que ha permitido embridar, en términos históricos de unidad  nacional, el caos político de disgregación territorial, que pugna por rebrotar con  el conjuro de desacreditados fantasmones ahora descabalgados del poder.