Trump despliega su topografía diplomática en Tierra Santa

La “Operación Jerusalén” – que así cabe llamar la acción de síntesis diplomática consistente en el traslado de Tel Aviv a Jerusalén de la Embajada de Estados Unidos en Israel, compendia y resume doctrina y programa de la Casa Blanca que acaba de cumplir un año, al hilo de lo cual ha enviado Trump a su segundo, Mike Pence, el vicepresidente, al Próximo Oriente, para sus visitas a Egipto, Jordania  e Israel. Esta tercera escala, destino último y objeto del viaje.

Tanto Egipto como Jordania son interlocutores estables de Washington; los palestinos, obviamente no, especialmente en estas circunstancias, ya que Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, desaparece del Territorio mientras Mike Pence se encuentre en Jerusalén.

Una ausencia justificada por brutalmente lógica, pues el cambio de Tel Aviv a Jerusalén de la Embajada estadounidense implica, objetivamente, negativa de Washington a reconocer Jerusalén como capital compartida de palestinos e israelíes.

Aunque no acaba ahí el agravio a los palestinos. El cambio de sede diplomática norteamericana implica un portazo a las aspiraciones patrias del pueblo palestino a ser reconocido como nación. De todo el conjunto de agravios occidentales al mundo árabe es éste el que más duele en la entera geografía del Oriente Próximo y Medio. También, el sueldo del vicepresidente Pence en esta visita a Jerusalén, pudiera ser el mejor ganado en el Servicio Exterior estadounidense.