Inadecuación crítica de Donald Trump

Muy pocos, o quizá nadie, fue capaz de intuir, en un primer momento, que aquella estrella que despuntó como candidato por el Partido Republicano en el despegue de la última campaña presidencial estadounidense, llegara a tanto, desde la poltrona presidencial, en la torpeza formal y en el dislate operativo. Donald Trump ha batido marcas de todo orden y magnitud, en las más variadas materias y cuestiones; difícil será encontrar carencias tan enciclopédicas no sólo en términos de cultura sino, también, en modos y maneras de cortesía y civilización.

El colmo de lo improcedente llegaba días atrás cuando el presidente se descolgaba, en sus forcejeos para cambiar las condiciones establecidas en materia de inmigración que afectan a ciudadanos originarios principalmente de familias procedentes del subdesarrollo tercermundista, en el propio ámbito americano y  en el mundo africano. En el último episodio, Trump ha dicho que no quiere inmigrantes de “países de mierda” (sic), en referencia a personas de Salvador, Honduras, Sudán del Sur y Haiti. Asegurando que prefiere recibir gentes de Noruega…, según revelación hecha por el “Washington Post”, aunque luego el propio Trump haya pretendido desmentirlo. Con el paso de los días, varios de los Gobiernos de los países aludidos han protestado y en la propia ONU han  circulado las lógicas declaraciones de condena.

Guste o no a los incondicionales del magnate, es obligado reconocer que al frente de la primera potencia mundial se encuentra un personaje que no cubre los mínimos de ecuanimidad exigibles al gobernante de la más modesta comunidad nacional. El suceso, por la magnitud descalificatoria de su repulsión, alcanza significaciones críticas, parangonables con los supuestos merecedores del impeachment.