Horizonte ocluido de Trump en este arranque de 2018

No se advierte en tiempo próximo un comienzo de curso político del calendario estadounidense de perfil tan impreciso, por contradictorio y polémico, como este de 2018. Lo hace en términos distintos, acusadamente diferenciados, de lo que fue le peripecia de Richard Nixon, de acusación muy puntual y concreta; resumible: el “”watergate”. Una pifia logística de mayor cuantía, a la vez que de una estricta gravedad formal.

Pero esta de ahora, el trazado de Donald Trump, viene siendo, desde que entró en la Casa Blanca, y antes aun que sólo ello, desde el instante de que empezaran a definirse expectativas y brotar especulaciones en el último tramo de la campaña electoral, sobre la masa de imagen propia que ya se había levantado, a medias desde la propia candidatura y otro tanto de los tráficos de imagen urdidos desde un Kremlin desencantado con la fase republicana de Bush y la del demócrata Barack Obama.

Esto de ahora, con lo de Donald Trump Trump, es otra muy distinta cosa. Las imágenes y apreciaciones que se pasan y baten en los yunques de la opinión pública, componen y decantan una opinión del personaje y un sentimiento del signo que lo envuelve que no sólo llega a dramatizar su percepción y sentimiento incluso. Cabría asimismo advertir como un estado cierto  de “angustia cognitiva”, derivado del hecho de que lo percibido como realidad se tiene como inevitable e inconveniente.

Visto o dicho de otra manera puede decirse que la realidad de la actual presidencia es advertida y presumida en términos inestables y críticos. Como si a Donald Trump viera a sucederle algo que precipitara el anticipado fin de su mandato.