Sobre cómo madura la democracia de Maduro

La riquísima Venezuela conquistada por el Chavismo, evoluciona, desde la llegada de Nicolás Maduro al poder a paupérrimos estándares de libertades y niveles de vida. Decirlo así, a secas y con sobrentendidos, lo dice todo pero precisa nada. El esplendor de la dictadura llega al punto que oscurece la visión de los abismos de pobreza en que yacen las gentes de un país receptor de tantos migrantes volcados allí por los agobios de nuestra postguerra. El contraste es de magnitud más que sólo escandalosa.

La muestra viene ilustrada por el testimonio gráfico de los fastos políticos en las tomas de posesión de la clientela del régimen en las elecciones para gobernadores regionales en las que los candidatos de la Oposición han sido literalmente barridos, reducidos a sólo cinco electos, mientras que los oficialistas han conseguido las 13 gobernadurías restantes.

Pero los cinco de la excepción han renunciado al cargo, porque el precio consistía en jurar el cargo ante la Asamblea Constituyente: la Cámara que el conductor del régimen se sacó de la manga para así amortizar la derrota masiva (por dos tercios de escaños en la Asamblea Nacional) en las últimas elecciones parlamentarias. Derrota que obligó a Maduro a someterse a referéndum revocatorio; cosa que no hizo, comenzando así su golpe de Estado. Hasta llegar a su propio Parlamento. El supuestamente “constituyente”, que los cinco Gobernadores de la Oposición se han negado a reconocer.