Kurdistán, un rebrote de la historia

El hecho de que sólo sea Israel el único Estado del Oriente Próximo que aplaude la eventual aparición de otro Estado en ese ámbito de tan crítica relevancia geoestratégica, mientras que la comunidad de los regímenes árabes que comparecen en la zona se ha manifestado en contra de tal hipótesis, es algo que resulta del enorme cambio geohistórico que resultó de la derrota y subsiguiente desaparición del Imperio Otomano en el curso de la Primera Guerra Mundial.

En la Conferencia de París, dónde se concertó la paz que puso fin al conflicto, se tomó el acuerdo de establecer para la población situada al norte de lo que actualmente son los Estados de Siria, Iraq e irán un compartido Estatuto estatal; es decir, la base jurídica para lo que emergía en la Historia Contemporánea como nación de los kurdos: el Kurdistán.

Tal acuerdo de la Conferencia de París, acta de nacimiento (o de renacimiento) de la nación kurda, fue cortada en flor por el cruce de dos factores: el desguace del Imperio Otomano y la irrupción del petróleo en el área de Kirkuk – en el espacio residual al que ha quedado reducido el Daesh. En el despegue de la década de los años 30, Gubelkian apañó el pertinente acuerdo entre el mundo del petróleo, sobre el que flotaban las potencias vencedoras en la Primera Guerra Mundial, y los intereses de los nuevos Estados árabes resultantes del desguace del Imperio Otomano.

Y los kurdos, como consecuencia de todo, se quedaron sin Estado. Al menos hasta aquí… Su referéndum, por el que ahora bregan, sí tiene fundamento histórico. Nada que ver con cualquier pasión de catalanes.