La detención del asesino de las Ramblas reabre el debate político

El debate político de las responsabilidades, si es que cupiera considerarlas. Todos vimos en la pantalla del televisor cómo los ojos de la alcaldesa Colau se colmaban de lágrimas por el corazón anonadado de Barcelona, cuando aun no cabía cerrar las cuentas de la masacre terrorista de la Yihad coránica. Justo en el momento en que abrasaba la evidencia de que habíase podido evitar la tragedia si lo propuesto por el Ministerio del Interior – el despliegue de bolardos en las bocanas y otros eventuales accesos las Ramblas – se hubiera aceptado desde la municipalidad de la capital catalana.

No es cuestión ahora la de entrar en consideraciones sobre si las lágrimas de la guapa Colau brotaban desde el doloroso resentimiento de haber despreciado la posibilidad y casi la entera certeza de haber evitado el trágico balance buscado por el yihadismo al repetir en las Ramblas barcelonesas su éxito en la Costa Azul francesa, en Berlín y en toda otra parte de escenarios abiertos al gentío y al lanzamiento de vehículos adecuados a ese mismo propósito criminal.

Pero hay para bastante más que para lo dicho hasta este punto. Está la consideración de hasta dónde el debate sobre el tema de la seguridad colectiva, en el espacio de los conjuntos nacionales históricamente consolidados e institucionalmente definidos, pasan a ser sometidos a revisión sin reparar en costes ni riesgos. Los unos se disparan cuando aventuras tales se emprenden cuando los tiempos que cursan, como estos de ahora, son de tribulación. Justo aquellos en que siempre se desaconsejó hacer mudanza.