Las urnas constituyentes ahondan el desorden sistémico en Venezuela

No se habían cerrado los colegios electorales el pasado domingo en Venezuela cuando el Gobierno, instalado en las inercias totalitarias de su actual etapa madurista, se apresuraba a cantar victoria, atribuyéndose una mayoría de 8 millones de votos frente a los sólo 2 millones que le reconoce la Oposición. Diferencias que para el Gobierno estadounidense revelan la falta de legitimidad democrática de la votación.

Cuando la prueba electoral se efectúa en contexto de violencia resuelto ese día con la muerte de de 10 personas, y en un total de otras ciento más a lo largo de la campaña que ha precedido estas urnas, se explica sin otras consideraciones lo compacto del consenso internacional habido en no reconocer legitimidad democrática alguna a la operativa de Nicolás Maduro para escapar de su naufragio político en las últimas urnas parlamentarias habidas en Venezuela. Naufragio que le obligaba a comparecer en referéndum revocatorio (de sus poderes presidenciales) que nunca se avino a convocar.

La pirueta político-jurídica de convocar consulta para una Asamblea-Constituyente, cuando no mediaba condición alguna que la sostuviese, es lo que configuró un cuadro de ilegitimidad en el que han coincidido cuantos – individuos u órganos de Derecho Público – han opinado sobre este particular. Dentro la propia conciencia de autogolpe en la que flota el personaje – sólo capaz de conducir representativamente la multitud que cabe en un autobús -, se entiende que anuncie ya eso de que “se levantará la impunidad a quien haya que levantarla”, y que se tomarán medidas contra el Parlamento, la Fiscalía, los líderes de la Oposición y los Medios privados… El autogolpe de Nicolás Maduro es sustantiva y sustanciosa promesa de caos.