¿Cómo parte de un abrazo ruso-chino?

Cumplido el sueño de Pedro el Grande de la llegada de Rusia a las aguas calientes, con la instalación vía siria lograda por Vladimir Putin al cabo de la guerra civil más allá de las puertas de Damasco, abiertas por la mal llamada “Primavera Árabe”, luego de romper el Estado líbico y sacudir la república naseriana de Egipto, además de abrir el capítulo yemení de los choque armados entre chiíes y suníes por la incendiada Asia Menor…, y luego de resituarse en Persia por el viento de cola de los errores de Donald Trump, después de que éste cargara contra Rohani, el actual presidente de la República Islámica de Irán, único interlocutor válido que Occidente ha tenido en Teherán desde el derrocamiento, en 1979, del Sha Mohamed Reza Palhevi.

Luego también de haber reforzado la posición rusa en el Mar Negro con la anexión de Crimea y consolidado con ello sus accesos al Mediterráneo Putin pasa página en sus desahogos geopolíticos invitando a China para unas maniobras navales en el Báltico, a modo de bienvenida al club de las nuevas talasocracias, ya que, excedentaria de recursos ha disparado su gasto militar, especialmente como potencia naval.

Y si aquel zar ruso pudo en su tiempo pensar en las aguas calientes como horizonte de expansión, puede ahora el gigante chino endosar la apuesta rusa a una búsqueda de nuevos rumbos boreales, resultantes de previstos deshielos que traen de su mano, para la navegación -civil y militar  – en las aguas frías del norte euroamericano. Aunque pueda no parecerlo, el paso del tiempo no solo cambia la Historia sino también la Geografía.