De la deriva polaca al caos venezolano

La deriva polaca contra la separación de Poderes, frente a la que Bruselas ha salido al paso, advirtiendo a Varsovia con la amenaza de retirarle el derecho de voto, se ha venido a cruzar con la pérdida de límites a la que llega la muy brutal crisis política venezolana. Ayer, con el desafío de la oposición frente a la dictadura de Nicolás Maduro, por la vía de una huelga general, las cosas se centraban, sobre el papel, en términos que no lo habían hecho hasta ahora. Cuando el heredero de Hugo Chávez pretende plebiscitar su golpe de Estado por la vía de su propia Constitución: autoerigido en fuente de legitimidad política.

La deriva polaca, con todo, discurre por el cauce de la Unión Europea, cuya  Comisión, mediante insistidas llamadas al orden, ha parado los pies al Gobierno de Varsovia. De suerte que las aguas volverán a su cauce, se restablecerá el orden y se restablecerá el equilibrio de poderes, en beneficio del Poder Judicial, al que se pretendía supeditar a la voluntad del Poder Legislativo.

Con ser una herejía contra la razón democrática y la seguridad jurídica los términos en que se sustanciaba la deriva polaca, era aquello una aberración menor comparada con la pretensión en que porfía el autobusero venezolano, ebrio en su convicción de conductor de masas: carente de frenos y marcha atrás. Por eso lo del proceso venezolano es infinitamente más grave. Además de llegar flanqueado de los horrores contra  los derechos humanos en que se ha resuelto el fracaso del sistema chavista. Paradigma a la izquierda del riesgo del poder económico cuando se pone al servicio del sectarismo político.