El complejo divorcio británico de la UE

Las ocho largas horas que llevó convenir los pasos que instrumenten el acuerdo de divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea, ha prologado la complejidad que habrá de presidir el pacto sobre la relación futura de Londres con Bruselas: las prioridades de la negociación y el calendario al que habrán de atenerse las pautas para los próximos años. De tal manera se convino aparcar entre Michel Barnier, negociador jefe de la Unión Europea para el Brexit y David Davis el británico secretario de Estado sobre lo mismo, las discusiones para un Acuerdo de Libre Comercio  entre el Reino Unido y la Unión Europea hasta que no se haya llegado a la fórmula sobre el pago de los miles de millones que el Reino Unido habrá de abonar para el rescate de su insulidaridad política.

Y conjuntamente con ello, se habrán de definir conjuntamente  también, de forma prioritaria, los derechos  de los ciudadanos de una y otra parte. Si el componente británico de frivolidad hubiera sido más razonablemente discreto a la hora de jugarse a los dados de un referéndum el precio de su soberana virginidad isleña, se habría ahorrado los dispendios inherentes al pago de su rescate.

No es ociosa la consideración sobre las constantes “trumpianas” que habrán de pesar en el desarrollo de las sucesivas fases de la negociación que se abren para Londres y Bruselas. Proceso sumido en la envolvente del cambio global que espera a las relaciones internacionales, con las variantes que en la cuenca atlántica y en la del Océano Pacífico, desde el advertido peso del despliegue chino tras los Estrechos Orientales, por el Índico en adelante, en pos de su instalación pendiente en el continente africano.