Niebla política en el levar anclas británico de la Unión Europea

Los políticos proponen y los hados disponen. Estaba la Primer Ministra británica en sus cálculos e iniciativas sobre el levar anclas del Reino Unido en las aguas de la UE, cuando eran unas las condiciones históricas: perspectiva electorales y orden público en lo principal, excepción hecha del zarpazo terrorista. Pero el fracaso gestor evidenciado con la catástrofe de la Torre Grenfell y el desplome en las urnas, invirtieron el signo de las expectativas sobre el desarrollo de las negociaciones del desanclaje británico de la Unión Europea.

Debajo de las abstracciones conceptuales pulsan las realidades que representan los 3,2 millones de europeos que se encuentran en suelo británico, frente al 1,2 millones de británicos instalados en el ámbito comunitario. Y junto a ello, la liquidación  y ajuste de cuentas referentes al dinero que Londres convino con el resto de los socios comunitarios, pendiente de desembolsar antes de que se regrese a la insulidaridad.

Se barajan las eventuales alternativas que cabría considerar a la hora de reducir en la mayor medida posible los daños resultantes de la vuelta atrás, de la reconversión practicada en lo que fue el cambio estructural más profundo practicado nunca por el Reino Unido en el mundo contemporáneo. Cambio que ha cundido paralelamente con el que ha venido a representar la gavilla de mutaciones operadas en el bloque atlántico por la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca. Evento este sin el que, posiblemente no fluirían las cosas como ahora lo están haciendo.

Aunque las negociaciones anglo-comunitarias arrancaron el 29 de marzo pasado, cuando Teresa May activó el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, no debe perderse de vista el eco que puede tener en ellas la repercusión de la judicialización del debate interno de la política estadounidense. En este sentido habría que seguir el desarrollo de la posición alemana favorable a la permanencia británica en el mercado único.