Clima de confusión presidencial

Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Así durante varios días, el hombre de la Casa Blanca ha jugado con el respeto y la seriedad que en principio merecen los gobernantes y todo regidor de intereses colectivos. De tal modo Donald Trump ha jugado durante varias semanas con el destino final de su endoso sobre el acuerdo suscrito en París durante la última Cumbre Mundial sobre el Clima.

Pero tampoco acabó ahí el desconsiderado desprecio presidencial sobre la peliaguda cuestión del cambio climático y la piramidal acumulación de preguntas que se conciertan sobre la interrogante de si el hombre puede o no puede intervenir en el cambio climático de nuestro Planeta.

No acaba ni principia ahí el parecer del Gobierno estadounidense sobre tan peliaguda cuestión, porque del presidente sólo se ha sabido que hubo una postura favorable a la idea de que sí cabía embridar el clima de nuestra morada en el universo, aunque luego se instalase en la reserva de pensar y decidir lo contrario, por lo que se pronunciaban relevantes ministros suyos, como el Secretario de Estado, Rex Tillerson, y opuestos a lo mismo, como su asesor en estrategias estrategias; y otros coadyuvantes al lío, como su propia hija , esposada con un diseñador de caminos alternativos para lograr entendimientos más eficazmente desenvueltos con los interlocutores del Kremlin.

Dicho quede cuanto precede cuando en las próximas horas Trump se desahogue, diciendo si permanece junto a su firma en las faldas de la Cumbre parisina del Clima. Pero oportuno será recordar que los calores que a principios del anterior milenio fundieron los hielos de Groenlandia. Y subió el nivel del mar, los vikingos, aparte de entrar por otros ríos de Europa remontaron muchos de los de España y subieron hasta Sevilla y Orihuela sin el concurso del CO2.