Donald Trump como cisma de Occidente

Poco menos que como un elefante en una cacharrera. La fase europea – comenzando por el Vaticano – de su primer viaje como presidente de Estados Unidos, promete inscribirse en los anales  de los desencuentros políticos dentro de lo occidental entre quien representa una cultura política formada por el poso y desde el paso de dos guerras mundiales, y sus socios de esta orilla de la cuenca atlántica. Donald Trump, en sus desacuerdos, y salidas de tono ha sido más que sólo brecha y limitada disonancia con los afines en el seno de unos mismos valores, que punto y aparte, solución de continuidad y suceso cismático.

Sólo terminar la Cumbre italiana del G7, Angela Merkel se despachaba este fin de semana en Munich con un llamamiento a los componentes de la UE: “Hemos de pelear por nuestro propio destino. Pasaron los tiempos de recíproca confianza”. Relevante también es, de otra parte, el hecho de que la canciller de Alemania enlazara, en el mismo asunto de la defección trumpiana, la del Reino Unido con su Brexit. Algo con lo que se ahonda el efecto cismático de lo anglo-americano en el seno de lo que fue el bloque occidental.

Otro añadido efecto de la disonancia estadounidense en bloque ha sido el mundo occidental en los últimos 60 años, es el de la reubicación de las expectativas rusas en sus relaciones con la Unión Europea, a despecho de las sanciones económicas que le fueron impuestas a la Federación por la anexión de Crimea y por su establecida injerencia en la soberanía de Ucrania. Algo que no se ha resuelto por el incumplimiento ruso de los Acuerdos pactados  en la Conferencia de Minsk.

La visita de Vladimir Putin a París, sincronizada con el repliegue de Donald Trump, mientras el FBI investiga la diplomacia paralela con Moscú practicada por el yerno de éste, compone un paisaje diplomático que parece alejarse – por lo menos a la velocidad del sonido – del que existía antes del 20 de enero de este año. Fecha de la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca.