Lastre de Trump en el G-7 de Taormina

Aquellas Cumbres internacionales de antaño, unánimes como los cisnes, se fueron como el pasado desde el último 20 de Enero, fecha en la que el inefable Donald Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Ésta Siciliana del G-7, sin sorpresa para nadie, ha venido a cursar en términos que podrían compadecerse con los de aquellas otras, que enmarcaron disensos de actitudes cumplidamente críticas.

Problemas tales que el terrorismo yidadista, el de los refugiados – resultante de éste en buena parte – el del cambio climático, enhebrado en el conjunto de alusiones críticas dentro de la audiencia papal con el mandatario estadounidense, y el de la libertad de comercio, conforman un temario que compone, dicho de algún modo, el paisaje entre el que discurre lo principal de las cuestiones internacionales de ahora mismo.

Habrán de ser los propios estadounidenses quienes digan la palabra final sobre el nada afortunado balance de la presencia de Donald Trump en la Cumbre del G7 dentro del marco siciliano de Taormina. Prólogo de ello habrán de ser los reiterados abucheos con que ha sido recibido Trump a su regreso a Nueva York. No ha sido para menos, más allá de sus peros y reparos a los acuerdos mayores considerados en Taormina. Por si algo faltara en su capacidad de disentir, vino a probarse que alcanza a las mismas reglas de la buena educación. Su empujón al Primer Ministro de Montenegro, para ponerse él en el sitio que el balcánico ocupaba, a la hora de la foto de ritual, fue la rúbrica del desastre personal del personaje.

A la hora de las apuestas por su destino judicial, sube puntos la de su salida de la Casa Blanca.