La madura desvergüenza del represor

Nicolás Maduro, el golpista represor de las libertades del pueblo de Venezuela, aupado sobre el balance de muertes en las calles de Caracas, tiene la avilantez de exigir al Rey de España que imponga orden y proteja a su embajador en Madrid de las supuestas “agresiones” de que es objeto por los escraches de antichavistas residentes en la capital del Reino. A los que denomina “franquistas”, y contra los que implícitamente reclama les sea aplicada, por la fuerza pública española; la  misma praxis revolucionaria con la que él mismo masajea a las multitudes venezolanas. Esas que, un día sí y otro también, colman las calles de Caracas, reclamando la restauración de las libertades por las que votaron las mayorías, y la de los presos políticos. Además, junto a ello, reclaman la seguridad de la ciudadanía, el acceso popular a los alimentos y los medicamentos esenciales.

El ejercicio del derecho de manifestación, a estas alturas del desplome bolivariano, el balance de la represión totalitaria del madurismo se traduce en una cuenta macabra que rebasa ya las 40 muertes. Y en paralelo con tanta sevicia totalitaria, a la que acompaña el desplome económico entre sus componentes esenciales. Así la estratosférica inflación. Y se concita también la crítica política internacional, desde la OEA  (Organización de Estados Americanos) a la inevitable reacción crítica de la Unión Europea.

Sólo faltaba a tan cumplido relatorio de horrores sociales y desmanes políticos, la estolidez miserable del cursante gestor en la irreversible catástrofe de la milonga bolivariana. Donde se han maridado la torpeza política y la complicidad de los falsos mediadores, que únicamente han servido para sostener el espejismo de cobertura para el medro narco-castrense y de civiles asociados. Envueltos éstos con el celofán universitario de un leninismo de recuelo, tanto de allende como de aquende los mares.  La desvergüenza política no tiene fronteras.