Maduro consuma su dictadura

Lo ocurrido en Venezuela pertenece al orden de las evidencias presentidas. Se veía mucho antes de que sucediera, igual que se ve la espiga cuando se mira el grano en la mano del sembrador. El brutal suceso contra el derecho del pueblo venezolano a la libertad política y al bienestar prometido por las ingentes riquezas del país, procede de una conjunción de circunstancias que ha traducido a fatalidad la ruina nacional de los venezolanos.

Aunque Nicolás Maduro es el hilo en el que ha rematado el secuestro de la democracia en Venezuela, resulta obligado reparar en la urdimbre a la que ese hilo, tal fibra, pertenece. Sin  reparar en el hecho capital de que el autor del Autogolpe se formara ideológicamente en los Talleres Revolucionarios de La Habana, se prescindiría de algo muy relevante en la interpretación del suceso que ha supuesto la violación de la voluntad nacional  inequívocamente expresada en las últimas elecciones parlamentarias, pues en ellas el chavismo no llegó siquiera a conseguir un tercio de los escaños de la Asamblea Nacional.

El autogolpe dio el primer paso con el bloqueo del proceso revocatorio que debía apear a Maduro de la presidencia; amén de la comisión de toda suerte de trapacerías y engaños a la Oposición; engaños que alcanzaron a la propia buen fe de las autoridades vaticanas en los  procesos de mediación entre el régimen y los opositores.

En la memoria clínica del golpe de Caracas figuran datos tan significativos como la enfermedad y muerte de Hugo Chávez, junto al debate abierto para la sucesión entre los actuales  primates del régimen, entre los que destacó Diosdado Cabello, segundo escalón político y militar del sistema. No se debe tampoco menospreciar la hipótesis del tutelaje castro-cubano en la instrumentación del golpe.

Esperemos ahora a ver dónde llega la respuesta en la OEA de la comunidad política iberoamericana.