La Cumbre Árabe del Mar Muerto

No será la de la resurrección de la unidad árabe – si es que alguna vez la hubo – lo que consiga alcanzar la conferencia que reúne a los representantes de 20 Estados, convocada por el rey Abdula II de Jordania. Ocurre que si siempre resultó imposible concertar la unidad de discurso entre los componentes de la Liga Árabe, sobre todo desde Junio de 1967, con la Guerra de los Seis Días, más difícil resulta ahora, con la desestabilización global de las referencias internacionales de fondo aportada con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Y si este dato de conjunto bastaría para explicar la dificultad de establecer un cálculo de probabilidad para los derroteros políticos, la profundidad de los cambios operados en el Oriente Próximo y Medio, especialmente con la Revolución iraní de 1970 – que acabó con el arbitraje geopolítico estadounidense en el Golfo Pérsico, al establecerse con ello la República Islámica de Irán -, la previsibilidad de los derroteros políticos en la región sufrió una caída exponencial.

El cambio iraní aportó el disparo del chiísmo a la dialéctica interna de la cultura política musulmana. Algo que tuvo expresión y consolidación en la guerra irano-iraquí, además de rebote geopolítico, con el disparo de la penetración soviética en el escenario del mundo musulmán. Y, de ahí en adelante, la guerra de Afganistán, la fanatización suní con Al Qaeda y sus otras derivadas terroristas.

Si a todo ello se suma la desestabilización política norteafricana, resuelta en las revoluciones de Túnez, Libia, Egipto, los seis años de guerra civil en Siria y Yemen, envuelto todo en el disparatado discurso geopolítico del magnate inmobiliario instalado en la Casa Blanca, oscuros son los augurios que alientan para la Cumbre Árabe del Mar Muerto.