Al ‘trumpismo’ le patina el embrague

El síndrome de desvarío histórico hace algo más que apuntar a una y otra orilla de la cuenca atlántica. Si en la orilla de aquí escandaliza la golfería lepeniana consistente en decir que si las urnas le llevan al Elíseo, Francia llevaría al fin de la UE; en la orilla de allá, la confusión que rezuma el “trumpismo” por el trato Washington-Moscú, y desde los efluvios de las complicidades del magnate y sus amigos con la casta del poder postsoviético, el clima histórico que resulta no es ciertamente alentador. Y sí rotundamente desmoralizante.

El sentido común no puede menos que llevarnos a entender que entramos por un camino de confusión. Por un sendero de desconcierto, en el que han desaparecido certezas tenidas por incuestionables, mientras no se vislumbran los perfiles de aquellas otras que habrían de relevar a las que desaparecieron.

Que todo este cambio – a ninguna parte – acaso no pudiera tener otra explicación que el sobrevenido a la gran democracia estadounidense. La perturbación política general vendría estribada esencialmente en las carencias de toda laya que se arraciman en el personaje ahora instalado en la Casa Blanca. Dicho de otra manera: lo que cunde es una atroz crisis de liderazgo.

Que le patine el embrague al personaje más poderoso del mundo es para ponerse a temblar. O a rezar, para quienes sean creyentes.