Revolución instrumental del terrorismo islámico

El ataque terrorista del pasado miércoles, en el entorno urbano de la Cámara de los Comunes, ejecutado – por lo que se entiende – para celebrar el aniversario de la masacre yihadista de Bruselas, se presta a consideraciones nada ociosas. Sería primera de todas la de que el terrorismo islamista consolida, de forma muy evidente, la emancipación instrumental de los explosivos y de las armas tenidas como convencionales.

El uso por primera vez, en el sur de Francia y en Berlín hace un año, de vehículos de motor para arrollamientos, variablemente masivos, de la población en espacios urbanos, amplía ya la consolidación de unas prácticas operativas con las que se recrece amenaza y riesgo para la población civil en el medio urbano.

Junto a lo dicho debe añadirse otra observación. La del empleo de este nuevo género de recursos instrumentales, dónde figura desde el cuchillo de cocina hasta los medios de transporte en cualquiera de sus variantes. Responden a un perfil de terrorismo islamista crecido en concretos espacios urbanos de gente inmigrada desde mundos de cultura musulmana. Gente incursa a veces en procesos de radicalización por vía de canales informativos, a través de las redes sociales.

Ámbitos socioculturales de tales perfiles albergan individuos sensibles, incluso propicios a la radicalización ideológica. Tanta más cuanto más distante resulta, culturalmente, el paisaje de adopción respecto al suyo de origen. Desde tales rangos de recíproca repulsión – individual o familiar – lo mismo da que esos trasterrados a Occidente procedan de Asia, África o del Cáucaso, y que estén radicados en Londres, Bruselas, Moscú, Nueva York o Boston. Son gentes que conocen el terreno y disponen de los instrumentos (vehículos y/o cuchillos), como el “lobo solitario” de Londres. O como los terroristas chechenos en Rusia. Cada cultura tiene su excepción terrorista y toda ésta los utensilios de todos.

Es la revolución instrumental del renovado terrorismo.