Arranca la revolución reaccionaria de Trump

Nada define más ni más fielmente refleja el rostro de un proyecto político, en su coeficiente de cambio, que los rasgos de unos Presupuestos; especialmente si aportan, como fondo de contraste, los números del ejercicio anterior, o del ciclo precedente como estructura de gasto público.

Basta con reparar en las cifras presentadas por la oficina presupuestaria de Donald Trump para advertir de inmediato el giro copernicano que éste ha impreso en el cambio gastos para 2018. Advertido a primera vista la evolución de las partidas de Defensa, se repara en el hecho de que lo especificado no expresa un cambio sólo cuantitativo, de continuidad, sino de rango cualitativo. Las partidas numéricas no se equiparan sólo de forma lineal, pues lo hacen en términos de conjuntos. Tanto que lo expresado en los Presupuestos para 2018 no expresan continuidades, sino rupturas con la “cultura presupuestaria” precedente, de menos de un año…

Lo propio de un perfil democrático que muy poco, prácticamente nada, tiene que ver con el paradigma que el Magnate representa. Por eso es la suya una revolución reaccionaria.

De ahí que lo practicado desde la nueva Casa Blanca a partir del 20 de Enero es coherente con lo ahora previsto y programado. Presupuestado. Significa y expresa una fractura de paradigmas. Algo que rebasa de largo esto que los números de los Presupuestos vienen a sacramentar. Expresa un estado de cosas que pulverizan los establecidos códigos de relación con los aliados y los adversarios a lo largo del mundo de la postguerra. Este que propició el renacimiento de Europa en unos términos de institucionalidad para el quehacer económico, las libertades políticas y la propia defensa, que Donald Trump somete ahora a algo más que a un simple zarandeo. A una sacudida que alcanza también a los propios códigos que nutren los consensos sociales y sostienen la propia democracia americana.