Revolución en las prioridades globales USA

Rex Tillerson no asistirá a la Conferencia de ministros de los Estados miembros de la Alianza Atlántica, el 6 y 7 del próximo abril, por coincidir estas fechas con la visita a Washington del presidente chino. Esta opción, se la llame como se quiera, significa una revolución en las prioridades de la política exterior occidental. Un cambio que se acompaña de las preferencias otorgadas, también en el próximo abril, con la visita de Rex Tillerson a la Federación Rusa.

Estas dos opciones diplomáticas, enlazadas en plazos de coincidencia casi simultáneos, se acompañan de rasgos de intención y propósito muy específicos. En un caso, el de China, porque pone el acento de preferencia geográfica en el Océano Pacífico sobre el Océano Atlántico, que es el que enmarca y da sentido a la estructura de relación política-militar sobre la que han pivotado las relaciones del mundo libre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y el tranco cronológico de la Guerra Fría.

En el otro particular, el de la visita de Rex Tillerson a Moscú, destaca la circunstancia de que la OTAN sigue concernida en un escenario de sanciones económicas a Rusia por su agresión a la soberanía de Ucrania y a su integridad territorial; tanto en términos de injerencia en los asuntos internos del país, acompañada de intromisión militar en los ribetes de guerra civil que afectan al espacio suroriental del Estado. Y también, por la practicada anexión territorial de la península ucraniana de Crimea.

A tales hechos, determinantes de la sanción económica que le fue impuesta a Rusia, hay que añadir el incumplimiento por Moscú de los acuerdos establecidos en la Conferencia de Minks. O sea, que no hay por dónde encontrar justificación a la preferencia de trato que el presidente Trump otorga al Kremlin de Putin. Sólo la familiaridad de Rex Tillerson y su compadreo con la casta gobernante en la Federación Rusa podría explicar la eclosión de esta histórica mudanza en las relaciones internacionales occidentales.