George W. Bush se suma al disenso con Trump

A la acusación del presidente Trump contra su predecesor en la Casa Blanca, de estar maniobrando contra él, hay que sumar ahora la crítica desde su propio partido republicano por parte del expresidente George W. Bush, al sumarse al creciente y generalizado disenso con la agenda política definida en sólo 40 días de mandato presidencial.

No guardo recuerdo, a lo largo de mi vida profesional en el periodismo, de una acumulación de tan rápida, expresa y cualificada disidencia política con lo dicho, hecho y anunciado en el arranque de un ciclo presidencial como el de este singularísimo mandatario. Un dato cuya singularidad se adorna de peculiaridades tan estridentes como la de que el disenso venga a incluir, en tan mínimo lapso de tiempo, la colisión verbal de Donald
Trump con sus dos inmediatos antecesores en la Presidencia estadounidense. Uno, el demócrata Barack Obama, y otro el republicano George W. Bush.

No es normal. Hace falta mucho tupé, mucho fondo de excepción, para definir una ejecutoria de regresiva singularidad y contraste, como la ahora cursante, de forma tan precoz y acelerada. No extraña por ello que se precipiten alarmados diagnósticos de desequilibrio mental, Incluso de demencia. Como ha sido el caso agavillado por un amplio conjunto de médicos en psiquiatría que han compartido diagnóstico en este sentido.

Llega a tanto la singularidad del caso Trump que sugiere la presencia de un salto involutivo. De flexión hacia atrás que colisiona con la marcha general de lo que se entiende como cultura política de Occidente: eso que resulta de la amalgama del pensamiento griego, del Derecho Romano y del legado judeocristiano. ¿A quién se le ocurre, sino, proponer el paradigma de disparar el gasto de defensa para ganar las guerras que vengan, y no para generar las condiciones de propia seguridad bastantes para disuadir de la guerra misma a los potenciales agresores?

Ocurre, además, que una moral de ese jaez comporta renuncias a dotar de los recursos necesarios para alcanzar mejoras no sólo en el progreso de las mayorías sociales sino también en la conservación de la propia Naturaleza. La de Donald Trump, justo y necesario es decirlo, resulta de una ignorancia perversa. Impropia de la sensibilidad moral y cultural a que obliga la propia primacía histórica lograda por la nación estadounidense.