El coste del divorcio británico de Europa

El bienio que consumirá la negociación británica con Bruselas no será un camino de rosas. Tendrá un coste de dureza garantizada y cierta. Así lo ha precisado el presidente de la Comisión Europea, cuando no se extinguió aún el eco del regüeldo trumpiano por la opción de llevar a las urnas la consulta nacional de levar anclas de la UE.

El luxemburgués Junker, tal como le es propio, ha sido suave en la forma y duro en el fondo. Conforme correspondía al momento procesal de la cuestión: luego de que el Parlamento británico revalidara, desde su conformidad, la respuesta de las urnas en el correspondiente referéndum.

O sea, cuando la liturgia política angloamericana disponía ya de la certificación democrática de que la unidad atlántica padecía una grieta de naturaleza política irreversible. Llegados hasta ahí, lo dicho por Jean Claude Junker, en el sentido de que el camino que ahora se abre, la negociación política del desenlace no va a ser, ciertamente, un camino de rosas.

En términos de legítima defensa política del proceso histórico de integración europea, sería no sólo inoportuno sino estrictamente necesario, encarecer a Gran Bretaña el precio de su salida de la Unión Europea hasta términos enfáticamente disuasorios – para cualquiera de sus otros miembros – de la tentación o veleidad de seguirle los pasos.

Tanto para irse por su propia cuenta, o para amancebarse con los disparates del señor Trump. Si es que para entonces éste no hubiera sido desahuciado de la Casa Blanca al cabo de un proceso revocatorio como el del presidente Nixon al cabo de un “Watergate”.

En todo caso, por tales o por muchas otras razones, la negociación política del divorcio británico de la Unión Europea, les va costar a los británicos un ojo de la cara. Se les va a pasar factura por su mal Ejemplo.