Un mes como botón de muestra

Exento de toda consideración celebratoria del mes que va a cumplirse de la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca, la visita de Mike Pence a Bruselas ajusta el foco del impacto generado en las relaciones atlánticas por el discurso crítico del nuevo Presidente norteamericano.

Hay algo más que sólo un giro sintáctico en la Exposición de Motivos o definición de principios por parte del nuevo gestor mayoritario del ente occidental. Sobran los cambios en las formas y en el fondo habidos en el verbo y en el tono desde el vértice estadounidense, para advertir el pase de página y la entrada de un capítulo nuevo en el relato subsiguiente a la finalización del periodo histórico de la Guerra Fría.

Cambio que excede al enunciado bipolar ruso-americano, puesto que incluye también a la relación interamericana.
El suceso dialéctico del Muro Mexicano, de una parte, y el decreto discriminatorio sobre siete países de mayoría musulmana, de otra, han sido hitos de discontinuidad sobradamente expresivos del cambio epocal abierto con la irrupción en la democracia estadounidense de un espécimen sociológico, de un magnate, cuyo acervo cultural no se corresponde, ciertamente, con el de su patrimonio económico.

En régimen de obvio contrapunto a lo marcado hasta ahora en la relación atlántica, Nike Pence, su segundo en Washington, ha hecho una aportación de suavizante a la confusa colada en lo que corresponde a la Unión Europea -que gustaría sin vertebración institucional – y en lo que concierne a la OTAN, para la que Trump demanda más contribuciones económicas. Pero en una y otra cuestión, visto qué pasó con la respuesta de Donald Trusk, presidente del Consejo Europeo, los ímpetus del magnate quedaron tascados con el freno.

De momento, por lo que se ve, con el botón de muestra ha bastado para pensar y entender que si no hay cambio en lo habido durante el primer mes, las cosas en la relación atlántica podrían girar a mucho peor de lo que pudo parecer en el despegue.