Inadmisible actitud de Maduro con España

Cabe afirmar, sin incurrir en desmesura alguna, que nunca se llegó a tan abominables términos como los empleados por el siniestro botarate que rige los tristes destinos de la humillada nación venezolana.

La objetiva gravedad de la situación imperante entre Caracas y Madrid no sólo estriba en las deyecciones verbales del lamentable presidente Maduro – destilado de la reiterada inquina propia de las horas más negras del castrismo -, sino en el cúmulo de atropellos de los derechos más elementales en toda especie de relación política.

Una vez tras otra, el régimen madurista, ha venido a definirse, en sus actuaciones y toda suerte de comportamientos y actitudes, como fase avanzada y pocos menos que última del chavismo. Un trance evolutivo que trae la memoria de qué fueron las horas que siguieron a la confirmación del diagnóstico de muerte que cerraba todo horizonte a corto plazo para el creador del sistema.

El que comparece como jefe militar del régimen, Diosdado Cabello, está también, de hecho, investido de tales poderes que en la práctica opera como abductor de facultades presidenciales. Por lo cual, Nicolás Maduro, en las presentes circunstancias, queda reducido a la función propia de los mascarones de proa. En términos de poder, comparece como algo que, realmente, sólo es de forma muy limitada, nominal.

En el momento histórico del régimen chavista al que su futuro sólo cabía medirlo por días, en el vértice del sistema hubo un debate para asegurar la continuidad del poder. Una de las alternativas fue la de que un hermano de Hugo Chávez le sucediera, perpetuando de tal manera el régimen venezolano dentro del formato de dependencia castrocubana. Por razones obvias, tal hipótesis fue desestimada; probablemente, por el propio Hugo en primera instancia.

La fórmula de Maduro como candidato por designación a la Presidencia se abrió paso sin problemas, pero con cautelas por parte del enfermo de muerte. Maduro era el candidato de los hermanos Castro. Después, ya ministro chavista de Asuntos Exteriores, se había “doctorado” en el episodio jurídico-diplomático-militar de la crisis de Honduras. Dónde los poderes constitucionales, apoyados por el Ejército, cortaron el paso al entonces presidente del país para optar a una tercera reelección, cuando aquella Ley de Leyes establece sólo dos mandatos presidenciales.

En resumen, en términos efectivos, quien manda verdaderamente en Venezuela es Diosdado Cabello, que tiene en sus manos el poder de las armas: las político -profesionales y las milicianas, además de las fuerzas de orden público.

El chavismo, en fracaso total, no podía menos que bajar hasta dónde ahora se encuentra. Y el poder, en todas partes del sistema nacional menos donde corresponde; que en democracia sería la voluntad del ahora secuestrado pueblo venezolano.