Trump: ¿amo de la cacharrería o jumento sobrevenido?

Las malas, reiteradas y populistas maneras del presidente Trump, reiterando con el primer ministro de Australia las
destemplanzas habidas con el presidente de México, al cortarle la palabra y al mismo tiempo deslizar el nombre de un profesor opuesto a la Unión Europea como embajador de Estados Unidos en Bruselas; la grave insolencia, la calidad de eructo que todo ello representa, en la forma y en el el fondo, son cosas que fuerzan la pregunta de si lo de Donald Trump expresa una conciencia patológica, bárbara, del propio poder en la escena internacional o, simple y llanamente, traduce lo que cabe esperar del comportamiento de caballo dejado suelto en una cacharrería: en la que comparecen, expuestas, las convenciones y códigos políticos internacionales.

La interrogante no implica en modo alguno la implícita postulación del inmovilismo de la política internacional, y menos aun del cambio histórico. Viene referida a las formas, a las maneras y las convenciones que componen eso que se llama civilización y que se opone a la barbarie. Lo peliagudo y grave es que el síndrome populista, en el escenario que se considera, no se refiere al comportamiento de un sujeto del montón sino a las cuestiones de gestión correspondientes al primer poder mundial.

La responsabilidad de lo que se hace es proporcional a la escala de poder desde el que se actúa. De ahí que la responsabilidad del gestor actual de la Casa Blanca, en términos de moral histórica, de cultura democrática, debiera ajustarse más al espíritu de la primera Constitución Estadounidense que al negativo formato populista. Remedo del maquiavelismo pasado por la barbarie política y la peor educación democrática.