Las protestas contra los decretos de discriminación de Donald Trump

Mientras se disparan las protestas populares dentro y fuera de Estados Unidos contra el veto presidencial a los nacionales de siete países islámicos (Libia, Irán, Irak, Siria, Sudán, Somalia y Yemen), más de un millón de ciudadanos británicos piden la suspensión de la visita de Donald Trump al Reino Unido de Gran Bretaña. Y en sincronía político-moral con todo ello, fiscales de 16 Estados de la Unión se definen contra el cierre de las fronteras estadounidenses a los nacionales de un conjunto de países islámicos.

Más allá de la interna desaprobación ciudadana del Decreto presidencial destinado a cortar el flujo migratorio de nacionales pertenecientes a esos siete Estados musulmanes, destaca la significativa importancia de fondo que representa el hecho de que además del pronunciamiento de los fiscales, también dos figuras tan destacadas del Partido Republicano, John McCain y Lindsey Graham, se hayan sumado asimismo al disparado disenso crítico y rebelde contra la alocada determinación presidencial: tesitura tan sólo equiparable a la fábula del rocín desatado y suelto dentro de una cacharrería.

La cota de desacuerdo global a causa del derrotero tomado por el presidente Trump en el brevísimo plazo de dos semanas, no sólo lastima la imagen correspondiente a la cúspide del mundo de las libertades y del respeto a los derechos del hombre, sino que al propio tiempo abre grietas muy profundas en el acervo de los valores conservadores. La pesada broma de la elección de Donald Trump podría pasar una costosísima factura a la democracia norteamericana. También a los intereses de sus aliados.