Lo hispánico y Europa, preteridos por Trump

Es lo que parecía. La embestida sistémica que pareció en el primer momento, cuando el recién llegado a la Casa Blanca excluyó de su entorno de colaboradores a todo hispano, hasta en el más modesto de los niveles, se ha venido a confirmar en lo más medular de sus signos, el del idioma. Donald Trump ha eliminado el español de la Web y las redes sociales de la sede presidencial del Gobierno estadounidense. Responde ello a una sintomatología completa y compacta. Y se encuadra en un síndrome radicado en el esquema general de la nueva política exterior norteamericana.

A la cornada conceptual contra el mundo hispánico, resumida en todo lo que simboliza su embestida a cuanto simboliza la nación mexicana, ha sumado ahora un hachazo de alcance vertebral para la propia comunicación interna que, en términos tan generales como profundos, representa el uso del idioma de Miguel de Cervantes por un total de 50 millones de estadounidenses.

No es moco de pavo. De otro punto, tampoco es consuelo reparar en que las claves para la identificación de las alternativas de cambio en la política exterior del nuevo Gobierno surgido de los últimos comicios presidenciales, se resumen en la polarización brutal de las propias referencias diplomáticas en el Reino Unido y en el Estado de Israel. En cuyos Gobiernos identifica Donald Trump sus aliados preferenciales.

Posiblemente no sea posible calibrar en su justa medida las bases sociológicas en que se estriba toda la arbitrariedad de fondo que significa y en que se expresa la deriva programática en que fluyen, incontenibles, los discursos ágrafos y primarios de este creso, craso y manicorto, brotado de las urnas menos por la virtud numérica de los votos populares, de las mayorías nacionales, que de lo asimétrico del peso representativo de los diferentes Estados componentes de los EEUU.