¿Es Iberoamérica polar inversa de Trump?

La exclusión de todo iberoamericano en su primer equipo de Gobierno, después de su hostilidad manifiesta hacia México – del que pretende la desconexión física por vía de un muro de cemento, a lo ruso- berlinés – oficia ante el mundo como carta de presentación de
credenciales para toda política hemisférica opuesta a lo que pareció significar aquello que quiso ser la creación la OEA (Organización de Estados Americanos), en la Bogotá de 1948, frente a la operación soviética, en los albores de la Guerra Fría, de sembrar de leninismo, con las armas de la guerrilla, el mundo iberoamericano.

Valida este proceder, por activa y por pasiva, la dolorida consideración de aquél prócer de las letras hispánicas sobre las tribulaciones de su patria con el vecino del otro lado de Rio Grande: “¡Pobre México, – escribió – tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!” Ojalá el peso de la púrpura y la luz de la responsabilidad en ejercicio, embriden pronto el cacumen y frenen los dislates del novísimo Creso, aupado a medias por la intrusión cibernética de los moscovitas putinianos y la coadyuvante desinformación padecida por los propios votantes estadounidenses.

También es de considerar el error crasísimo del presidente de México al aceptar la visita del magnate por herencia, al cabo de sus previas diatribas contra su desdeñado vecino
de abajo. Y, de otro punto, señalar qué se derivará del clima interno de la Alianza Atlántica, impactado por las invectivas “trumpianas” contra la supuesta deslealtad, por omisión de esfuerzos de los socios europeos.

El mesianismo de la estolidez presidencial, cuando sin más fundamento que el de las ocurrencias, como esa de “forjar nuevas alianzas”, siembra la inquietud y genera desorientación por doquier. Lo mismo que la emisión de dislates, como la dicha promesa de forjar, sin más, nuevas alianzas internacionales. Mucho de lo explayado hasta ahora se corresponde con los remedios de charlatán de feria.

Se amontonan las interrogantes que suscita la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. No sólo por el arrumbamiento del mundo iberoamericano como referente inmediato de la política exterior de Washington, por sus obvios alcances hemisféricos. En un sentido político más amplio y concreto ha sido una detonación inmensa todo cuanto ha expresado la manifestación reactiva, de signo multirracial acentuado y de impronta feminista más relevante todavía, que duplicó la concurrencia registrada a la del acto de relevo presidencial. Pero no sólo cuenta lo sucedido en Washington. Ha sido lo más espectacular, poco menos que ecuménico, el alcance de manifestaciones de protesta habidas en el mundo occidental contra los signos y mensajes emitidos por el populismo DT en su ocasión históricamente fundante del 20 de enero de este 2017.